Me refiero a todos aquellos senegaleses, nigerianos, marroquíes, rumanos, pakistaníes, que viven por venir algún día a España. Que tienen la firme creencia de que en España vivirán mejor, porque alguien algún día les dijo que así era, y no se lo cuestionaron. Y en su país se esfuerzan por reunir el dinero necesario para trasladarse al país “donde cumplirán sus sueños”, pagando grandes cantidades de dinero a mandos intermedios que poco pueden asegurar sobre la seguridad del trayecto y, peor aún, de la estancia y condiciones de vida una vez lleguen a su país soñado. Pero todo esto no lo dicen, todo está montado para que estos mafiosos intermedios fomenten que es fructífero arriesgarse a cruzar el atlántico, a recorrer Europa o Asia según de donde vengan o a donde quieran ir. Y uno tras otro vayan cayendo en el intento, o no.
Isla de Sipo
Claro que esto no es válido para todos los países ni para todos los inmigrantes. Habrá países en los que es obvio e inteligente marcharse de allí en busca de una vida mejor aunque no sea vida de reyes -injusta vida- la deparada, porque se parte de tan abajo, que cualquier pequeña mejora es buena (imaginándome por ejemplo a las mujeres que, no todas, claro, se han visto obligadas a llevar burka en contra de su voluntad (ojo, hay muchas otras que es su voluntad llevarlo) y aceptar un matrimonio no deseado de un marido que las maltrata).
Hablo de los casos en los que, siempre visto desde fuera y sin haber sido una de ellas, viven con precariedad pero no sufren de la comparación social ni de la soledad que sí sufren una vez llegan aquí. Hablé con un par de chicos senegaleses y con otros tres marroquíes que habían intentado venir en varias ocasiones con patera a España, y habían tenido que regresar porque no habían conseguido entrar en la isla de Tenerife o en la península (tras 8 horas de navegación precaria y mortífera para los senegaleses). Y aún así, querían seguir intentándolo.
Estos chicos en concreto eran de la isla de Sipo, Senegal, y sí, no tenían coches, ni relojes, ni tiendas a las que ir, pero tenían familia, hijos, amor, apoyo, comprensión. Otras costumbres, otro tipo de vida. Pero algún turista les dijo que era incómodo y rudimentario cómo vivían y desde entonces sueñan con irse a conocer “el nuevo mundo”. El nuevo mundo donde se sentirán solos porque es individualista en contraste a lo en sociedad y en comunidad que están acostumbrados a vivir ellos. Como la madre a un niño, estos hombres necesitan de su familia para sentirse vivos. Ver el documental de Princesa de África para más información, donde se relata el caso de una española que sueña con ir a África y como se desilusiona al encontrarse con lo que se encuentra, y el de una africana que sueña con venir a España y una vez llega… sólo desea regresar a su país para estar con su familia aunque sea en la humildad.
Pero una vez llegado al país soñado, no es fácil volver atrás si no encuentras lo que esperas. Porque toda la familia en parte también se ha ilusionado con que su pariente conseguirá “una vida mejor” (siempre sin definir) y esperan de él. Y el immigrane se obliga a sí mismo a cumplir y no decepcionar a la familia que has dejado.
Cada caso es concreto, siempre, y cada persona guarda un mundo y una historia tras de sí.









